Afirman que desde que se murió el Indio (72 días), solo en 12 días salió el sol. Setenta y dos días. Eso es lo que pasó desde que el Indio se fue, y en ese tiempo Buenos Aires parece haberse puesto de acuerdo con el cielo para no dejar pasar la luz. El resto fue la misma postal repetida hasta el cansancio: humedad pegada a la piel, un gris que no es de noche ni de día, y esa sensación rara de estar viviendo un invierno que decidió no terminar nunca.
Nadie sabe bien a quién echarle la culpa. Hay quien dice que es Niña, hay quien dice que es Niño, hay quien no tiene la menor idea de qué fenómeno climático mencionar y prefiere directamente no buscarle nombre científico al asunto. Pero en las charlas de ascensor, en los grupos de WhatsApp del laburo, en la fila del colectivo, la explicación que circula es otra, más simple y más poética: se fue el Indio y se llevó el sol con él.
Suena a exageración. Suena, de hecho, a la clase de cosa que uno dice para reírse un rato en medio de un día pésimo. Pero basta con salir a la calle, mirar para arriba y no encontrar nada más que una masa uniforme de nubes bajas, para que la broma empiece a sentirse menos broma y más diagnóstico.
Afirman, también, que las plantas de los balcones no la están pasando bien. Que la ropa tarda una eternidad en secarse. Que hasta los que juraban que el frío les daba lo mismo empezaron a mirar la aplicación del clima con una mezcla de esperanza y resignación, buscando ese ícono amarillo que hace rato dejó de aparecer. El invierno porteño, que de por sí nunca fue generoso con la luz, este año redobló la apuesta.
Y así, entre mate, paraguas y la nostalgia de una playlist que todos tienen guardada en algún lado, Buenos Aires sigue esperando. No se sabe bien qué: si que vuelva el sol, si que se termine el invierno, o simplemente que alguien le explique por qué, desde que el Indio no está, todo se ve un poco más gris.
Mientras tanto, el sol se muere y no parece importarnos.




