El relato oficial —que postula “el rebote económico” como logro indiscutible— comenzó a resquebrajarse cuando los indicadores revelaron lo contrario: desde febrero la economía argentina ya no crece, y los últimos meses muestran incluso caídas sostenidas. La promesa del “auge” se desvanece, y lo que queda es una economía encadenada al calendario electoral.
El Producto Bruto Interno (PBI) bajó 1,5 % entre febrero y julio, según el INDEC. La explicación oficial se centra en “circunstancias externas”, en “conspiraciones políticas” o en “obstáculos del Congreso”, pero evita reconocer lo esencial: el proyecto económico no tiene bases firmes para sostener crecimiento real sin viento de cola electoral.
Mientras tanto, los salarios apenas logran empatar con la inflación, y muchos sectores del consumo masivo siguen en tierra muerta. En este panorama, no sorprende que las familias posterguen gastos, las empresas duden y el crédito se retraiga.
Con pérdidas equivalentes a más del 7 % respecto a 2023, la construcción y la industria. La estrategia del Ejecutivo —subir tasas para controlar las tensiones cambiarias antes de las elecciones bonaerenses resultó negativo para el crédito y para toda la actividad productiva.
Frente a esa tormenta, muchos inversores y consumidores deciden esperar. ¿Para qué asumir riesgos, si mañana puede venir un ajuste brutal “por efecto electoral”?
Asimismo, en los últimos días, el gobierno consiguió respaldo explícito de Estados Unidos, lo cual calmó un poco los mercados e impuso una tregua mediática frente a la tormenta de desconfianza. Pero ese respaldo —una ayuda externa que el proyecto gobernante necesita como oxígeno— no soluciona los problemas estructurales que atraviesa la economía argentina, principalmente el endeudamiento descomunal. Ese gesto foráneo revela algo profundo: que el timón económico está cada vez menos en manos del país, y más sujeto a las lógicas del sálvese quien pueda del capital global.
Los pronósticos de las consultoras giran en torno a una proyección del 4 % para 2025… una cifra que solo sería posible si los últimos meses se empujan con tensiones políticas favorables y estímulos que no están garantizados. Medido “diciembre contra diciembre”, ese 4 % equivale a un crecimiento casi simbólico (alrededor de 0,5 %).
El gobierno apostó a este escenario: que el resultado electoral le dé margen para seguir operando sin frenos. Pero es una apuesta peligrosa. Si en octubre no obtiene lo que anhela, el castillo de naipes puede derrumbarse de golpe.




