La economía argentina subsiste a base de promesas que se desvanecen más rápido que los dólares del banco central.
Sin novedad al frente
La semana pasada, el Gobierno buscó instalar la narrativa de que un respaldo de Donald Trump sería la clave para estabilizar el dólar. Se mencionaron swaps, adquisiciones de bonos y préstamos directos del Tesoro estadounidense. La imagen de Milei viajando a Washington para visitar la Casa Blanca parecía sellar el escenario.
Sin embargo, la realidad rompió el espejismo: el shutdown dejó a Trump sin fondos y a Milei sin el único discurso de estabilidad que le quedaba.
El mercado no aguardó por certezas. Desestimó por completo la reunión bilateral y siguió su curso: dólar oficial a $1.450, contado con liquidación superando los $1.570, bonos en caída y riesgo país en aumento.
El mensaje fue evidente: sin dólares nuevos, ninguna foto ni compromiso tiene peso.
El Banco Central, siguiendo las directivas del Tesoro, gastó entre 300 y 450 millones en una sola jornada para intentar contener la escalada. Fue en vano: el dólar mayorista cerró en $1.425 y el minorista en $1.450 en el Banco Nación, con valores de hasta $1.470 en bancos privados. La brecha con los dólares financieros rondó el 10%.
Los dólares provenientes de la soja, liquidados con retenciones nulas durante tres días, alcanzaron casi 6.000 millones en septiembre. No obstante, el Gobierno solo pudo retener 2.000 millones netos. El resto se disipó en la demanda privada y en operaciones de cobertura.
Esa imagen resume la debilidad del esquema: ni con ingresos récord de divisas se logran reforzar las reservas. La estabilidad cambiaria, mantenida de forma artificial por la liquidación del agro, se agotó. El Tesoro quedó como único proveedor de dólares y el BCRA como el único amortiguador.







