En Argentina, la palabra deuda suele aparecer asociada al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial o a los grandes compromisos externos que condicionan la economía nacional. Sin embargo, existe otra deuda mucho más silenciosa, cotidiana y dolorosa: la que se construye entre familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo para poder sobrevivir hasta fin de mes.
En los últimos años, distintos informes elaborados por el Centro de Economía Política Argentina advirtieron sobre el crecimiento de la morosidad en créditos, tarjetas y servicios, pero detrás de esos números aparece una realidad todavía más profunda: la expansión de una economía del aguante sostenida por préstamos informales entre personas cercanas.
Ya no se trata solamente de financiar un electrodoméstico o una compra importante. Hoy muchas familias se endeudan para comprar alimentos, cargar la SUBE, pagar medicamentos o afrontar tarifas básicas. Y cuando el banco ya no presta, cuando la tarjeta está explotada o el salario desaparece antes de mitad de mes, el último sostén suele ser otro trabajador igual de golpeado.
La frase “¿me prestás hasta que cobre?” se volvió una escena habitual en millones de hogares argentinos. Padres ayudando a hijos adultos, jubilados sosteniendo a familias enteras con sus haberes, hermanos compartiendo gastos, amigos prestándose dinero para pagar alquileres o comprar comida. Una red de contención social que intenta reemplazar lo que el mercado y el Estado no logran garantizar.
Pero ese mecanismo también tiene consecuencias. Porque cuando el endeudamiento se vuelve permanente, los vínculos comienzan a deteriorarse. Las discusiones familiares por plata son cada vez más frecuentes. Las deudas pequeñas se acumulan y generan tensiones silenciosas que afectan cumpleaños, reuniones y relaciones cotidianas.
La crisis económica deja entonces de ser solamente un problema macroeconómico para transformarse en una experiencia emocional y social. La incertidumbre financiera invade la intimidad de las personas y erosiona lentamente la confianza colectiva.
Los estudios del CEPA muestran además que el deterioro del poder adquisitivo y el aumento del costo de vida empujan a los sectores medios y populares hacia estrategias defensivas de supervivencia. En ese contexto, la deuda deja de ser una herramienta excepcional y pasa a formar parte de la administración normal de la vida cotidiana.
El problema es que estas cadenas de endeudamiento informal no tienen capacidad real de resolución en el corto plazo. Si todos dentro de una familia están ajustados, alguien inevitablemente deja de poder sostener al otro. Ahí aparece un fenómeno social peligroso: el agotamiento de las redes afectivas como mecanismo de contención económica.
Argentina parece vivir así una doble deuda. Por un lado, la externa, con organismos internacionales que condicionan políticas económicas y presupuestos públicos. Por otro, una deuda interna y mucho más invisible, tejida entre personas comunes que intentan sostenerse mutuamente mientras el ingreso pierde valor mes a mes.
La diferencia es que la deuda financiera puede renegociarse en despachos y organismos multilaterales. La deuda emocional y social que deja la crisis dentro de las familias tarda mucho más tiempo en sanar.
Y quizás ahí esté uno de los daños más profundos del actual modelo económico: no solo deteriora salarios, consumo y empleo, sino también los lazos de solidaridad que históricamente permitieron a gran parte de la sociedad argentina atravesar las crisis.




