La Confederación General del Trabajo (CGT) renovó su mesa de conducción tras un congreso nacional que resolvió la estructura de mando para el período 2025-2029. La nueva conducción estará integrada por un triunvirato de secretarios generales conformado por Jorge Sola (Sindicato del Seguro), Cristian Jerónimo (Sindicato del Vidrio) y Octavio Argüello (Camioneros). Además, la Secretaría General Adjunta quedó a cargo de Andrés Rodríguez, de la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN).
La CGT reafirmó así un esquema de liderazgo compartido, pensado para equilibrar a las distintas corrientes internas del sindicalismo. Sin embargo, la imagen que dejó el congreso —con una mesa de conducción íntegramente masculina— expuso nuevamente una deuda pendiente con la representación de género en el movimiento obrero.
El sindicalismo argentino nació para organizar a los obreros industriales del siglo XX, con un modelo diseñado para un sujeto muy concreto: el trabajador varón, con empleo estable y conciencia de clase. Pero ese mundo cambió. Hoy, el trabajo se feminiza, se fragmenta y se digitaliza, mientras las nuevas formas de empleo ponen en crisis los esquemas tradicionales de representación.
Y, aun así, la fisonomía del poder sindical continúa siendo patriarcal, rígida y verticalista. El liderazgo se reproduce dentro de los mismos moldes, donde la voz femenina sigue siendo excepción y no regla. Si el sindicalismo pretende recuperar legitimidad en un presente atravesado por nuevas realidades laborales y sociales, debe ensanchar de manera real el sujeto que dice representar.
Esa transformación no se logra con cupos simbólicos ni con gestos de corrección política, sino con un quiebre profundo en la lógica de poder. Las mujeres no deberíamos ocupar lugares por concesión o estadística, sino porque somos parte de quienes dicen representar y tenemos derecho a ocupar lugares de poder y representación aportando otra mirada sobre la autoridad, la empatía y las formas de organización colectiva.
Mientras el mundo del trabajo muta y se diversifica, la cúpula sindical parece anclada en una foto en sepia: hombres en traje, gestos solemnes y una estructura que resiste el cambio. El desafío, más que incorporar nombres nuevos, es repensar el sentido mismo de la representación sindical en un tiempo donde los trabajadores —y sobre todo las trabajadoras— ya no caben en las categorías de otro siglo. La nueva CGT, con mandato hasta 2029, enfrenta el desafío de dialogar con un gobierno que impulsa reformas laborales, pero también con una sociedad que exige modernización y equidad. La pregunta que queda abierta es si el sindicalismo argentino podrá aggiornarse para representar el mundo del trabajo que realmente existe —y no el que quedó atrás.




